¿Qué entendemos por necesidad?

Depende de cómo contemplemos el significado de necesidad.
Hace tiempo -y sin tener en cuenta los años de guerra y posguerra, con todas sus limitaciones- se vivía en unas condiciones en las que el sentido de necesidad estaba mucho más restringido que ahora.
Lo que hoy es para muchas personas lo necesario, hace cuarenta años era un lujo.
Las condiciones de vida han ido mejorando: lavadora, frigorífico, lavavajillas, microondas, ordenadores, teléfonos móviles, son algunos de los objetos, entre otros, que facilitan solucionar necesidades que hace años significaban mucho mayor esfuerzo.
No hay duda de que hemos progresado. Todos esos objetos que consumimos nos hacen la vida más cómoda, más higiénica, con posibilidades inimaginables en el pasado. Está muy bien. Pero…, casi todo tiene un pero.
¿Hasta qué punto, en la actualidad, la propuesta incontenible de nuevos objetos y actividades está desbordando al individuo? El sujeto parece existir para consumir.
Siempre ha habido cosméticos para cuidar y mejorar el aspecto de las personas. En este momento, la oferta de marcas, productos para cada parte del cuerpo, técnicas específicas más o menos invasivas para mantener la juventud, estiramientos, descolgamientos, gimnasias diversas, aparatos…, la oferta es tan amplia que no se puede llegar a abarcar todo lo que existe en el mercado para decidirse por una u otra opción.
La casa y sus complementos. En los últimos años ha proliferado tanto la propuesta de que cambiemos nuestro hogar, pongamos detalles nuevos, retoquemos aquel rincón, cambiemos las cortinas, la alcoba, las sábanas y muchos almohadones y velas y flores y mucho de todo. Tanto y a veces tan barato, parece, que nos encontramos llenos de cachivaches y quisicosas que abarrotan la casa, se llenan de polvo y agobian el ambiente.
Que sí, que está bien poder tener tanto para elegir. Que los fabricantes, los comerciantes tienen que apuntarse a la vorágine de ofrecernos multitud de objetos y servicios que consumir. Pero no es necesario dejarse arrastrar por todas las propuestas, invitaciones y ofrecimientos que nos hagan. Algo sí, pero no tanto.
Hemos de estar tan atentos para percibir lo que nos invitan a adquirir, que nos salimos de nosotros mismos para atender la oferta.
Nuestra persona se vacía más allá de lo saludable. ¿Estamos más aplicados al tener y dejamos atrás el ser?
Álvaro y Manuel
No lo puedo atajar. Desde que empiezan, dos meses antes de Navidades, a promocionar juguetes, muñecas, coches, cocinitas, bicicletas, patines, cientos de cosas, ya están mis hijos: “Eso me lo pido”. Se lo piden todo. Me ponen la cabeza a explotar:
“¿Me lo traerán los Reyes? Y eso en cosa de los abuelos, y en casa de los tíos… ¿qué me pido?”
Después de Navidades, cada uno se ¡unta con cerca de veinte juguetes. Es terrible, aquello parece un campo de batalla. Sacan una cosa, la tiran, la rompen, se van a otra, no se entretienen con nada; y para recoger acabo con los riñones molidos. Ya sé que debiéramos reducir todo esto, pero no sé cómo.
Álvaro y Manuel son los hijos de esta mujer que habla. Tienen 8 y 6 años. Álvaro, el mayor, sabe algo más de los Reyes Magos que Manuel. Pero no lo dice claramente, porque intuye que, de hacerlo, tal vez sea menor el número de regalos que reciba.
Vamos a ver qué podemos decirle a la madre. Ella dice que no puede hacer nada. No es cierto. No será fácil, pero es posible. Si la madre entiende que esa situación no debe continuar, debe hablarlo con el padre y ver la forma de decir “no” a ese consumo desbordado.