Tratamiento farmacológico de la obesidad

Disponer de una «pastilla» que permita perder los kilos que uno cree que le sobran sin tener que dejar de comer y sin seguir ningún tratamiento penoso es, hoy en día, una fantasía.

Fantasía muy común, pero fantasía al fin y al cabo. Es muy probable que en un futuro no muy lejano se pueda disponer de un producto de este tipo, pero en la actualidad no existe ningún tratamiento farmacológico a disposición del público que resulte eficaz y seguro para curar la obesidad. Esto no quiere decir que no se disponga de una serie de productos más o menos eficaces como coadyuvantes del tratamiento dietético, o incluso como elementos principales de éstos, pero en la mayoría de los casos sus efectos son más bien marginales.
Los fármacos empleados en el tratamiento de la obesidad son de varios tipos, empezando por los venenos metabólicos, como el peligrosísimo dinitrofenol, que desajustan el aprovechamiento de energía, con lo que hay una ineficiencia metabólica generalizada y se pierde peso. Lo malo es que el margen terapéutico casi coincide con su límite de toxicidad, por lo que el resultado más probable de su utilización es la muerte. Al igual que éste, hay varios venenos metabólicos que se han utilizado experimentalmente para tratar la obesidad, pero que en la actualidad ya no se usan.
Las hormonas tiroideas tienen una peligrosidad a largo plazo comparable a las de esos venenos metabólicos. Estas hormonas o sus derivados, administrados en forma de pastillas o de lociones e inyecciones —utilizadas para quitar la grasa de determinadas zonas específicas del cuerpo—, producen una pérdida clara de peso que luego se recupera y produce en el ínterin un serio desajuste tiroideo. Estas hormonas sólo deben utilizarse en los casos en que haya un hipotiroidismo perfectamente diagnosticado y caracterizado; en cualquier otra situación, son un claro peligro para la salud.
Una posibilidad de tratamiento de la obesidad conceptualmente interesante es la potenciación de la termogénesis. Para conseguirla se han utilizado diversos tipos de derivados de la adrenalina, como las anfetaminas, empleadas hace años para in^” ducir la pérdida del apetito, pero que sólo producían un efecto pasajero creando una preocupante adicción a la droga acompañada de ansiedad y trastornos diversos. En la actualidad el personal informado no utiliza estos derivados anfetamínicos para el tratamiento de la obesidad, aunque siguen vendiéndose y utilizándose en tratamientos mostrencos.
La, termogénesis es estimulada en el organismo de modo fisiológico por la secreción de noradrenalina o adrenalina. Estas hormonas actúan sobre las células de sus tejidos diana uniéndose a unos receptores específicos que las reconocen y que transmiten inmediatamente a la célula a la que pertenecen la orden de activar el proceso termogénico. La manipulación de estos receptores mediante sustancias que tengan similitud estructural con las hormonas permite conseguir la estimulación —por medio de materiales que hagan el mismo efecto que la hormona, los agonistas— o la inhibición —por medio de sustancias que bloqueen los receptores impidiendo el efecto fisiológico, los antagonistas—. Se conoce un gran número de agonistas y antagonistas de la adrenalina y la noradrenalina, aunque pocos son útiles para activar la termogénesis ya que además estimulan otros receptores en otras células y producen efectos no deseados: nerviosismo, incremento de la tensión arterial, palpitaciones, aceleración del pulso, etc.
La cafeína del café, té y bebidas de cola—y la teobromina del cacao y chocolate— son consideradas drogas excitantes y su efecto se debe a que prolongan el efecto de la estimulación promovida por la adrenalina o la noradrenalina; se trata, por tanto, de drogas cuyo principal efecto es potenciar la acción estimulante que el sistema nervioso simpático realiza principalmente mediante la noradrenalina.
Durante algún tiempo se ha preconizado la utilización de la efedrina, una droga agonista de la noradrenalina, que se ha empleado en combinación con la cafeína —que potencia sus efectos— para el tratamiento de la obesidad. Los resultados han sido inicialmente positivos, con pérdidas claras que poco a poco van disminuyendo. Aun así se sigue utilizando en combinación con dietas hipocalóricas y ejercicio, consiguiéndose reducciones de peso modestas pero significativas. El principal problema de la efedrina es que estimula de un modo general todo lo que está controlado por el sistema nervioso simpático, con lo que se producen incrementos de tensión arterial indeseados, aceleración del ritmo cardíaco, etc., que sólo pueden tolerarse durante cierto tiempo —para evitar un peligroso efecto de acostumbramiento— y por parte de personas que no tengan problemas cardíacos o circulatorios previos.

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