Santillana del mar

Santillana del mar

Santillana del mar

Jean Paul Sastre tenía razón cuando, en La náusea, uno de sus personajes definía Santillana del Mar como el pueblo más bello de España. No hacen fáltalos premios que atesora esta localidad cántabra para que el visitante corrobore esa impresión en cuanto pasea por sus empedradas calles, flanqueadas por casas solariegas con balcones de madera rebosantes de flores. Conviene iniciar la visita en la Colegiata, un monasterio del siglo XII y centro de peregrinación medieval por albergar los restos de la mártir local santa Juliana. En su interior destacan los capiteles del ejemplar claustro románico, el retablo mayor hispano flamenco y las puertas labradas del lado Sur.
Saliendo de la Colegiata, las dos principales calles de Santillana ofrecen un bien conservado repertorio de casonas de los siglos XV al XVII como los palacios de Quirós, Velarde o Barreda, y la casa gótica de Leonor de la Vega, madre del primer marqués de Santillana.
La contigua plaza Mayor acoge las torres medievales del Merino y de Don Borja. Todo paseo por Santillana del Mar debería incluir alguno de sus restaurantes para degustar la gastronomía local, que incluye dulces tan sabrosos como las quesadas.
El auténtico patrimonio de Santillana se remonta miles de años atrás. En 1879, el botánico Marcelino Saénz de Sautuola inspeccionaba unas cuevas a dos kilómetros del pueblo cuando su hija, al iluminar la pared, dejó una frase para la posteridad: «mira, papá, bueyes».
Los famosos bisontes de vivo color rojo, pintados hace quince mil años, son el primer ejemplo humano de movimiento en el arte, al aprovechar el anónimo pintor prehistórico los contornos de la piedra. Desde entonces, Altamira está considerada la Capilla Sixtina del arte rupestre y hoy es Patrimonio de la Humanidad. Para preservar este tesoro, la entrada a la cueva está restringida y hay que conformarse con el estupendo Museo de Altamira donde se visita la Neocueva, una réplica de la original.

Playa de santa Justa

A pesar de su nombre, Santillana se localiza a cuatro kilómetros del mar Cantábrico. La costa de Ubiarco es ubérrima en acantilados y hermosas playas como la de Santa Justa, que esconde en un acantilado una ermita dedicada a la santa, un mirador y una pasarela que lleva hasta el agua.
A 25 kilómetros se halla la población de Comillas, aunque antes de llegar es conveniente desviarse ocho kilómetros en dirección a Cabezón de la Sal, para descubrir y pasear por un paisaje inusual en el norte de España: el Monumento Natural de las Secuoyas, en el Monte Las Navas.

Broche modernista

El capricho de Gaudì

El capricho de Gaudì

Comillas, destino final del viaje, es una histórica localidad veraniega que a finales del siglo XIX atrajo a célebres arquitectos modernistas. Todo empezó con el primer marqués de Comillas, Antonio López y López, un indiano rico que de regreso a España fundó la compañía Transmediterránea. Él llamó en 1881 a Joan Martorell para construir su neogótico palacio de Sobrellano. Martorell diseñó luego la Universidad Pontificia, sobre un proyecto de Lluís Doménech i Montaner. Estos dos hermosos ej emplos de modernismo se complementan con El Capricho, obra de Antoni Gaudí. Tampoco hay que olvidar el camposanto, con mausoleos modernistas como El Ángel, del escultor Josep Llimona que domina las ruinas del viejo monasterio gótico y otea el horizonte bravío del mar Cantábrico.

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