Obesidad, magia y embaucamiento

Merecen una mención especial los tratamientos «mágicos» que basan su efecto, no en las irrisorias propiedades terapéuticas de los productos o materiales que emplean, sino en el convencimiento del paciente de sus virtudes curativas.

El campo de acción de estos tratamientos es amplísimo, pues la imaginación humana da mucho de sí, predominando las «radiaciones», cuanto más misteriosas mejor.

Un lugar destacado lo ocupa el magnetismo, en sus dos acepciones: la física, que tiene que ver con las supuestas virtudes curativas de los imanes, y la psicológica, poder de base hipnótica según el cual algunos individuos dotados de poderes sobrenaturales pueden curar simplemente mirando el ojo de alguien o imponiéndole las manos —o realizando cualquier otra manipulación reconfortante.

Lo «oriental» ha tenido siempre mucho tirón en eso de las curaciones mágicas, sobre todo por lo incomprensible —para muchos de nosotros— de su escritura, hábitos y cultura.

De la milenaria China llegó la acupuntura, forma tradicional de tratamiento que es posible que tenga efectos beneficiosos en algunas enfermedades relacionadas con el control nervioso; sin embargo, sus fracasos repetidos en el caso de la obesidad sugieren que difícilmente puede considerarse un método eficaz de tratamiento.

De la no menos milenaria India se importan sobre todo hierbas medicinales que supuestamente adelgazan —a lo sumo tienen, normalmente, un leve efecto diurético, caso de que no les añadan algún fármaco peligroso—; prueba de ello —se aduce con genuina mala leche— es la extrema delgadez imperante en amplios estratos de la población de aquel subcontinente.

La posesión de amuletos está bastante desprestigiada para el tratamiento de la obesidad, por lo que los signos egipcios y de los druidas, así como las pulseras, plantillas, pendientes, etc., se utilizan ahora mucho más contra el dolor —más subjetivo, menos comprometido a la hora de demostrar la ineficacia de la curación— que contra la obesidad.

Al ser la obesidad una enfermedad «culpable», en principio del pecado de gula, es considerada por algunos como un justo castigo a la vida desordenada y desenfrenada con salsas y estofados, pastelillos y chocolatinas. Otros ven la obesidad como un síntoma de dejadez, de abulia o de falta de voluntad, y discriminan negativamente a los obesos para puestos de responsabilidad.

Esta culpabilización llega a limitar —incluso— la propia petición de curación por intercesión divina, en curiosa discordancia con las rogativas, viajes a santuarios, etc., que otros enfermos incurables o en tratamiento acometen con fervor.

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