Marrakech

marruecos

Medina de Marrakech

Marrakech es la vivaracha antigua capital de Marruecos, famosa por sus mercados y sus festivales, sus hippies y sus delincuentes, sus devotos y sus pobres, sus crápulas y sus intelectuales. Es un verdadero estudio sobre dicotomías.
Rodeada por 9,7 km de murallas intactas, Marrakech está salpicada de torres y almenas que dan sombra al rico suelo rojo, que bajo la luz del sol tiene un color melocotón, y que a medida que avanza el día va transformándose en carmesí. Mientras paseas por las avenidas abarrotadas, laberínticas y coloridas, te encontrarás con decadentes tesoros arquitectónicos; burros y muías cargando artesanía, madera y tejidos; hammams de los que emana el vapor; y antiguas mezquitas y lujosos hoteles modernos.
El palpitante centro de la vida de Marrakech es la Djema el-Fna. Sigue los aromas tentadores y los ruidos ensordecedores hasta la caótica atmósfera de este enorme mercado en pleno centro de la medina. Parte zoo mítico, parte carnaval de animales, parte ciudad olímpica, hay que ver este mercado para creerlo.
Situados en un enorme espacio rectangular, los encantadores de serpientes, acróbatas, domadores de monos, artistas de la henna o las mujeres con velo vendiendo pulseras o extendiendo las manos para pedir dinero, todos reclaman tu atención.
Malabaristas y cuentacuentos se pelean por un sitio con los magos, los bailarines travestidos que tocan el timbal, los comedores de fuego y los adivinos. También hay que añadir al tumulto a boxeadores, astrólogos y hombres con escorpiones caminándoles por la cara. A un extremo del mercado, donde las puertas conducen al zoco, puedes sentarte en la terraza de una cafetería para observar la locura que se extiende a tus pies mientras saboreas un vaso de té y comes una tagine.
Los turistas suelen aprovechar este refugio, mientras que los lugareños prefieren cenar en los tenderetes de comidas, situados en un círculo en el centro de la Djemaa, con la majestuosa Kutubia, de 70 m de altura, observándolo desde las alturas.
Quédate hasta el atardecer, cuando los edificios circundantes adquieren colores anaranjados, azules y rosados, hasta que en su interior se encienden cientos de lámparas de gas que crean sombras misteriosas. La atmósfera carnavalesca continúa y crece en intensidad al anochecer, para empezar de nuevo cuando amanece.

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