Los perversos narcisistas

Hay tantas mujeres perversas narcisistas como hombres, pero los hombres se aprovechan más del poder vinculado a su sexo, lo que propicia una violencia más destructiva. Estas personas son las que sitúan a su pareja bajo dominio, según el patrón que hemos descrito anteriormente.
Los perversos narcisistas tienen un mejor control emocional que las personalidades límites o los psicópatas. También son mucho más manipuladores y están muy adaptados socialmente, ya que, como es indiscutible que les gusta el poder y son consumados estrategas, logran acceder fácilmente a puestos clave. Cuando los han alcanzado, se erigen en especialistas en dar sermones, aunque no dudan en transgredir la moralidad para lograr sus fines.
Para mantenerse en una situación de omnipotencia, deben mentir y manipular de forma permanente, moverse en la impostura. Saben adoptar un discurso políticamente correcto, para intrigar mejor, engañar a su entorno y entregarse a la estafa.
Desde el principio, Guillermo mintió a Alicia sobre su situación profesional, su historia familiar e, incluso, su identidad. Por supuesto, si se hubiera informado, Alicia habría podido saber que su futuro marido poseía una doble nacionalidad, tenía un hijo de una unión anterior y carecía de titulación universitaria, pero estaba enamorada y confiaba en él.
Enseguida contrajeron matrimonio y Alicia se quedó embarazada poco después. Tuvo otro hijo al año siguiente. Con el pretexto de iniciar una nueva vida con ella, Guillermo quiso crear una sociedad y le pidió que asumiera la gerencia. Para eso, era preciso que dejara su trabajo.
Rápidamente, Alicia se encontró con que no sólo debía asumir las tareas domésticas y la educación de los niños, sino también todas las responsabilidades profesionales. Guillermo se pasaba el tiempo en el golfo con los amigos. Cuando ella se quejaba, él la insultaba y se marchaba dando un portazo. Mediante la dulzura o la amenaza, se las arreglaba para conseguir lo que quería de Alicia. Además, decía a sus amigos delante de ella: «¡Si le hacéis dos niños a vuestra mujer, haréis con ella lo que queráis!».
Cuando, agotada y desanimada, quiso separarse, Guillermo le hizo saber que, si se iba, él se quedaría a los niños y se las arreglaría para que no tuviera dinero.
No fue hasta que estaba realizando los trámites de la separación cuando se enteró de que, si él había querido que fuera gerente de su sociedad no había sido porque confiaba en ella, sino porque él ya no tenía derecho a desempeñar ese cargo por culpa de sus quiebras anteriores. En esa ocasión, también se enteró de que había imitado su firma para cometer estafas y que había vaciado todas las cuentas bancarias.
Al principio, Alicia no quiso creerlo, pero ante tales evidencias se decidió a contratar a un abogado. Cuando él se enteró, escenificó un suicidio por colgamiento, lo que aterrorizó a Alicia y la culpabilizó. Por lo tanto, intentó un acercamiento. Pero, en cuanto regresó a casa tras una corta hospitalización, volvió a mostrarse violento, no sólo con ella, sino también con los niños. Alicia aprovechó una de sus ausencias para huir con sus hijos.
Desde ese día, Alicia no ha tenido más noticias de Guillermo. Se enteró de que le habían visto en otro país. Como era responsable de las deudas de su marido, Alicia se vio atrapada en un embrollo judicial y financiero.
En la vida cotidiana, estas personas inmaduras, egocéntricas, tienen un comportamiento manipulador de forma instintiva y juegan deliberadamente con las emociones de los demás para obtener algo de ellos, para explotarlos mejor. Tomarán nota de cualquier error o torpeza como procedente de una intención maligna. El otro es, forzosamente, malo.
Su violencia es insidiosa, disimulada, continua y juega con las emociones utilizando ataques verbales con pequeños toques (ironía, sarcasmo, burlas). Los perversos narcisistas cuentan con una particular inventiva para los insultos y saben tocar el punto débil del otro, ya que identifican sus posibles debilidades de modo intuitivo. Con ellos, es difícil, incluso imposible, mantener una conversación sobre la relación, puesto que son insensibles a las emociones y no se dan cuenta de la violencia psicológica que están ejerciendo contra su pareja. Incluso podría decirse que no les afecta. Si su pareja habla de lo que siente ante una determinada actitud, ellos responden: «¡No veo de qué quieres hablar!».
Si la pareja que está sufriendo insiste, verá aparecer primero irritación, comentarios mordaces después y, finalmente, agresividad dirigida contra los objetos. El rechazo a satisfacer las necesidades afectivas de la pareja no responde en ellos a una simple falta de amor o ternura, sino a un absoluto desinterés por el otro, que no existe, que no cuenta, salvo cuando resulta útil.

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