Los hombres violentos

Cabe preguntarse por qué los comportamientos violentos son indiscutiblemente más frecuentes en los hombres que en las mujeres. Para responder a esta pregunta, se han propuesto distintos modelos.
Los primeros estudios sobre la violencia doméstica trataron de determinar una base neurológica de los comportamientos violentos y se buscó, en vano, una localización cerebral específica de la violencia. Desde luego, se sabe que, en el sistema endocrino, un nivel elevado de tes-tosterona, la hormona masculina, puede conducir a la violencia y que los neurotransmisores cerebrales, como la serotonina, también desempeñan un papel. No obstante, ninguna hipótesis biológica puede explicar por qué los hombres violentos lo son únicamente con su pareja íntima y, en la mayor parte de los casos, nunca fuera del hogar.
Según los partidarios de la sociobiología, la violencia contra las mujeres sólo sería una estrategia de dominación inscrita en los genes del hombre, destinada a garantizarle la exclusividad de las relaciones sexuales y la reproducción. Si seguimos esta teoría un tanto estrafalaria, no se entiende por qué no todos los hombres son violentos.
Las feministas se han dedicado a analizar el contexto social que permite el maltrato a las mujeres. Según ellas, la sociedad prepara a los hombres para desempeñar un papel dominante y, si no lo consiguen de forma natural, intentan hacerlo por la fuerza. Para ellos, la violencia sería un medio, entre otros, de controlar a la mujer. Al principio, un niño pequeño no es más agresivo que una niña, pero su socialización en el colegio, en las actividades deportivas, se acompaña de una iniciación en la violencia. Mientras que la violencia de los niños se acepta e, incluso, se valora: «¡Defiéndete si eres un hombre!», a las niñas se les enseña a evitarla. Cuando son peleonas, se dice que son niños frustrados. La socialización basada en el aprendizaje de los roles sexuados concede a los hombres una posición de poder y de autoridad. A las mujeres, se les atribuye comportamientos típicamente «femeninos», como la dulzura, la pasividad, la abnegación, mientras que los hombres serían fuertes, dominadores y no expresarían sus emociones. Como muestra Pierre Bourdieu,1 todo lo que es valeroso, respetable, digno de admiración es de orden masculino, mientras que lo débil, despreciable o indigno pertenece al registro femenino.
Sin embargo, la explicación sociológica tampoco es suficiente, puesto que la mayoría de los hombres no son violentos.
En cambio, parece ser que un porcentaje importante de hombres denunciados por violencia contra su compañera habrían sufrido malos tratos en su infancia. Desde 1990, muchos estudios han sacado a la luz una correlación clara entre los psicotraumas sufridos durante la infancia y determinados trastornos de personalidad. Más concretamente, veremos en el siguiente capítulo que los hombres violentos, en su mayoría, poseen una personalidad borderline y antisocial. Algunos especialistas asocian, además, la personalidad borderline a la violencia conyugal.
Al nacer, el cerebro no está construido de forma definitiva. Experiencias traumáticas precoces pueden alterar el equilibrio cerebral. Por eso los malos tratos y los abusos sufridos durante la infancia, o bien una conmoción intensa que haya desembocado en estrés pos traumático, pueden modificar el equilibrio del sistema nervioso.
Se observa el mismo fenómeno en las mujeres, pero resulta mucho menos frecuente que en los hombres. Cuando ellas han sufrido malos tratos o abusos sexuales en la infancia, puede suceder que recurran a la violencia, pero la mayor parte de las veces, como consecuencia de tales traumas, han perdido los límites y son más vulnerables ante una agresión. Por consiguiente, podemos avanzar que los traumas infantiles, al debilitar a la persona y al modificar su personalidad, tienen como consecuencia una mayor permeabilidad a la presión social.
A pesar de todo, no debe extraerse de ello la conclusión apresurada de que los hombres son violentos únicamente como reacción ante una violencia sufrida en la infancia, hay que desconfiar de una simplificación de este tipo; no todos los hombres violentos han sufrido traumas en la infancia. Cuando se da el caso, es importante reconocer en ellos las secuelas y marcas que ha podido dejar una infancia dolorosa, pero esto no los convierte ipso facto en enfermos o monstruos y no les libera en absoluto de la responsabilidad de sus actos. Es cierto que una infancia difícil o carencias afectivas suelen ser propias de los hombres violentos; sin embargo, su malestar no debe constituir una excusa para destruir a su compañera, sino, al contrario, una razón para iniciar una psicoterapia.
Otro ángulo de enfoque se fundamenta en la teoría del aprendizaje social. Según esta teoría, los comportamientos violentos se adquieren por observación de los demás y se mantienen si son valorados socialmente. Cuando un hombre ha sido criado por un padre violento, se ha modificado su organización intrapsíquica hasta que el recurso a la violencia forma parte de su modo de funcionamiento. Adoptará la costumbre de reaccionar con la violencia cada vez que necesite aliviar tensiones internas o valorarse. Después, si sus actos violentos no reciben sanciones, no habrá motivo para dejar de reproducirlos y, por supuesto, esto es lo que sucede. Basta con dejar hacer una vez para que la costumbre se mantenga.
Si seguimos este modelo, no podemos dejar de preocuparnos por la importancia de la pornografía en la educación de los jóvenes. La pornografía lleva al extremo los roles masculinos y femeninos. En ella el hombre es forzosamente agresivo; la mujer, pasiva y sumisa, y se banaliza la agresión sexual y la violación. En la pornografía el sexo es sexismo. Sin embargo, una encuesta reciente ha revelado que una gran mayoría de jóvenes realiza el aprendizaje sexual mediante películas pornográficas.
Me parece que estos enfoques distintos no son antagónicos, sino complementarios, y todos deben ser tomados en cuenta.
Ningún factor considerado de forma aislada basta para explicar por qué un individuo es violento. Ciertamente, un trauma infantil puede crear, por el estrés postraumático, una predisposición a la violencia, que se verá intensificada o no por el contexto social y cultural de la persona.
De modo general, incluso aparte de los traumas, la personalidad de un individuo está influida por su educación y su entorno social. Por eso, actualmente, en nuestra sociedad occidental encontramos pocas patologías neuróticas y muchas más patologías narcisistas, que comentaremos en el capítulo siguiente. Esto influye en las modalidades de la violencia conyugal, tal como se presenta actualmente.

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