La vulnerabilidad de las mujeres: Su vulnerabilidad social 2

Aunque piensa que se ha hecho bien al sancionar el acoso moral o sexual de los «jefecitos», también considera que habría sido mejor enseñar a las mujeres a defenderse por sí mismas. Esto no le impide denunciar, en la misma obra, la violencia reactiva de las mujeres que agreden al hombre para defenderse. Resulta sorprendente una postura tan virulenta, ya que, al querer defender en exceso a los hombres frente a las mujeres, Elisabeth Badinter coincide precisamente con lo que quería denunciar; es decir, encerrar a hombres y mujeres en campos contrarios. Otros, como la jurista Marcela Jacub y el demógrafo Hervé Le Bras, en un artículo publicado en Les Temps modernes, donde confunden violencia y agresión, lamentan «el continuum que se establece entre presiones psicológicas y físicas», lo que supone negar la gravedad de la violencia psicológica. Cabe esperar que estas reacciones continúen siendo hechos aislados, ya que, en otras partes de Europa, sorprende el discurso atrasado de estos intelectuales franceses.
Tampoco debe olvidarse que, si el patriarcado ha situado a los hombres en una posición de dominio, también ha suscitado pasividad y resignación en las mujeres. El acceso al estado de sujeto les resulta difícil. Es cierto que el feminismo cambió radicalmente esta actitud pasiva, pero las madres siguen diciendo a sus hijos: «¡Defiéndete! ¡No te dejes pisar!», mientras que dicen a sus hijas: «¡Sé amable, hay que ser comprensiva!». A una mujer que se queja de la violencia verbal de su compañero no es extraño que sus allegados la aconsejen ser un poco más amable o atractiva, sobrentendiendo: «Si él es así, es porque no ha tenido su ración de sexo y fantasía». La prensa femenina, a pesar de algunos posicionamientos feministas, continúa vehiculando imágenes de mujeres frágiles, fútiles, que deben reparar, curar las heridas afectivas de su compañero, velar por la armonía del hogar. Asimismo, utilizando el estereotipo masculino, pueden incitar a las mujeres a adoptar comportamientos viriles: «¡Cambia de novio!», «¡Disfruta sin impedimentos!».
No resulta sorprendente que algunas mujeres consideren normal el hecho de ser «castigadas» si no lo consiguen. En ocasiones, consideran que la violencia forma parte de las cosas «no divertidas» pero inevitables de la vida. Aprenden a controlar el miedo, piensan que las agresiones de los hombres son un peligro como cualquier otro, del que hay que aprender a protegerse. Además, su madre ya les había advertido cuando eran más jóvenes: «¡No hables con extraños! ¡No dejes que los niños te manipulen a su antojo!».
Por un lado, se educa a las niñas para que esperen al príncipe encantado y, por otro lado, se las pone en guardia contra todos los demás hombres. Cuando son mujeres, no han aprendido a confiar en sus sentimientos y filtrar los auténticos peligros. En caso de agresión, dudan de su propia percepción de la realidad e, incluso, puede suceder que no mencionen la agresión que han sufrido, por miedo a que las ridiculicen o las culpabilicen todavía más.
Por supuesto, adaptarse a los roles atribuidos tradicionalmente a las mujeres reporta ciertos beneficios. Al identificarse con esas mujeres frágiles, emotivas, es cierto que son dependientes de los hombres, pero también se sienten protegidas por ellos. En el momento de considerar una separación, tendrán miedo de encontrarse solas con los niños y, simplemente, dirán: «¡Es más fácil quedarse que marcharse!».
“Prefiero vivir con él, aunque no me quiera y me lo haga pagar todos los días, antes que tachar seis años de vida en pareja y tener que empezar otra cosa.”
La dificultad que tienen las mujeres para afirmarse puede ser una huella de ese pasado no tan lejano, donde debían acallar sus deseos para adaptarse a las expectativas de la sociedad. La feminidad todavía consiste, para muchas chicas jóvenes, en ser atractivas en el plano físico, agradables, dulces y estar atentas a las necesidades de los demás, y ellas lo expresan por mediación de la sumisión, la dependencia, la fragilidad. Es preciso que sean seductoras, pero no demasiado, ya que, si no, podrían pasar por provocativas y, si el chico se muestra violento, podrían decir que ellas lo han buscado.
Las mujeres se forjan un «yo ideal» en función de las normas sociales vehiculadas por su familia y la sociedad. Por eso algunas, siguiendo el modelo de la madre disponible y entregada, piensan que, para conservar a un hombre, hay que demostrar abnegación y sumisión. Al haber aprendido de muy jóvenes que para merecer el amor de sus padres debían ser útiles y poner la felicidad de los demás por delante de la suya, hacen demasiado por el otro y se autorizan poco a satisfacer sus propias necesidades.
Como socialmente a las mujeres se las considera responsables del éxito de la pareja, si el cónyuge pierde el control y adopta aptitudes violentas, ellas se sentirán fracasadas. Sentirán vergüenza por no ser capaces de cambiar la situación, vergüenza por dejarse tratar así, vergüenza por ser incapaces, a ojos del mundo, de satisfacer a su cónyuge, incapaces de crear un hogar feliz.
Tras una escena violenta donde me rompió la nariz, siguiendo los consejos de la policía le pedí a mi marido que se marchara. Al día siguiente, por la mañana, al llevar a los niños al colegio, me lo encontré acostado delante de la puerta. Había dormido en el descansillo y me suplicó que le dejara entrar: «¡No puedo ir a trabajar así, tengo que lavarme!». Sentía vergüenza y me culpabilizaba; le dejé entrar.
La vergüenza impedirá a las mujeres rebelarse ante la situación y, en consecuencia, constituirá un obstáculo suplementario para ponerle fin. Se trata de actuar con arreglo a un modelo y dejar de lado el resentimiento.

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