El siglo XVIII

La propensión al racionalismo invade, en una segunda etapa ahora, al sueño. Además, la Revolución no barrerá por completo la legislación colbertiana, cuyo rigor golpea duramente a los intérpretes de sueños, adivinas y sibilas de toda laya, ahora denunciados como vulgares malhechores. Se trata de un «giro copernicano»: «combatiendo los métodos de los brujos, denunciando la interpretación de los sueños como una práctica inspirada por Satán, se reconocía la existencia de la brujería y de un lenguaje específico del sueño; peor aún, de la expresión simbólica del diablo. Tildando de malhechores a los agentes de estas prácticas, las autoridades judiciales niegan la existencia de lo sobrenatural y contribuyen a quebrar el poder de sus voceros».

No obstante, médicos, filósofos y alienistas continúan interesándose por el fenómeno del sueño, sólo que ahora adoptan una perspectiva estrictamente unívoca: la científica. Proporcionan con gran seguridad explicaciones fisiológicas; se estudia cuidadosamente la estructura del sueño y se examina el mecanismo de sus asociaciones. Las tesis de Formey, y sobre todo las del abad Richard, valoran la dimensión espiritual del soñador, cuya alma se encuentra continuamente en estado de acción; de hecho, no puede estar de otro modo, pues su esencia es el pensamiento. Así, el soñador —y esto es lo sorprendentemente moderno— se encuentra situado frente a su pasado, mientras que se rechaza la proyección del sueño hacia el futuro.

El sueño es la excusa que permite expresar creencias audaces, ideas filosóficas, pretextando, como hacía Diderot en su Sueño de D’Alembert, su carácter involuntario. Esto no impide, sin embargo, que en Las joyas indiscretas el mismo Diderot haga una glosa de esos visionarios que son los grandes filósofos: «Dicen que los objetos que nos han impresionado vivamente durante el día ocupan nuestra mente durante la noche; que los agujeros que estos objetos han imprimido durante la vigilia en los pliegues de nuestro cerebro subsisten; que los espíritus animales, acostumbrados a dirigirse a determinados lugares, siguen un camino que les es familiar; y que de ahí nacen esas representaciones involuntarias que nos afligen o que nos regocijan.

En este sistema parecería lógico que un amante feliz deba siempre estar bien servido por sus sueños; no obstante, sucede a menudo que una persona que no es despiadada con él cuando está despierto le trate durmiendo como si fuese un negro, o que en lugar de poseer una mujer encantadora sólo encuentre en sus brazos un pequeño monstruo contrahecho».

 
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